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📕 Finished reading:

The Denial of Death
Ernest Becker
ISBN: 0684832402.

Book quotes in Spanish

Parte I: La psicología profunda del heroísmo

La madre naturaleza es una brutal ramera, de fauces y garras rojas como la sangre, que destruye lo que crea.

La ansiedad es como un señuelo que se convierte en el aliciente de gran parte de nuestra actividad energética: coqueteamos con nuestro propio desarrollo, pero, de nuevo, con deshonestidad […] Lo hacemos comprando coches deportivos, lanzando misiles atómicos, ascendiendo por la escala del éxito en la competición universitaria. Lo hacemos en la prisión de nuestra pequeña familia, bien asándonos contra sus deseos, o eligiendo un modo de vida que les disgusta, o cualquier otra cosa similar. […] Hasta en nuestras pasiones somos niños de guardería que se entretienen con juguetes como si fuesen el mundo real. […] Es desafortunado e irónico, que la mentira que necesitamos para vivir nos condene a una vida que nunca es realmente nuestra.

Mientras el ser humano sea una creatura ambigua, nunca podrá acabar con su ansiedad; lo que puede hacer en su lugar es utilizarla como una fuente eterna de inspiración para crecer en nuevas dimensiones de pensamiento y de confianza.

¿Qué significa ser un animal autoconsciente? La idea es absurda, cuando no monstruosa. Significa saber que uno es pasto para los gusanos. Este es el terror; haber surgido de la nada, tener un nombre, ser consciente de uno mismo, tener sentimientos internos profundos, un insoportable anhelo por la vida y expresarse y, a pesar de todo esto, morir. Parece una trampa, que es la razón por la que un tipo de persona cultural se rebela abiertamente contra la idea de Dios. ¿Qué tipo de deidad crearía semejante pasto tan complejo y rebuscado para los gusanos? Deidades cínicas, dijeron los griegos, que utilizan los tormentos del ser humano para divertirse.

A sí es cómo entendemos hoy en día la psicosis depresiva: como un sentimiento de desbordamiento ante las exigencias de los demás —familia, trabajo, el estrecho horizonte de las rutinas diarias—. En dicho desbordamiento, el individuo no siente o ve que tenga otras opciones, no puede imaginar ninguna elección o forma de vida alternativa, no puede liberarse de la red de obligaciones aunque estas ya no le proporcionen un sentido de autoestima, de valor primario, de ser un contribuidor heroico a la vida mundana, incluso aunque cumpla con sus obligaciones familiares y laborales diarias.

La persona “sana”, el individuo verdadero, el alma autorrealizada, el ser humano “real”, es aquel que se ha trascendido a sí mismo.

En la actualidad, está claro que Freud estaba equivocado respecto al dogma […] El ser humano no tiene instintos sexuales y agresivos innatos […] El cuerpo del ser humano era «una maldición del destino», y la cultura se había creado basándose en la represión, no porque el ser humano fuera un buscador sólo de sexualidad, placer, de vida y de expansión, como pensaba Freud, sino porque también evitaba la muerte. La conciencia de la muerte es la represión primordial, no la sexualidad.

Parte II: Los fracasos del Heroismo

Pero ahora viene la dificultad para el ser humano. Si el sexo es la realización de su papel como animal de una especie, este le recuerda que en realidad no es nada por sí mismo, sino un eslabón más en la cadena de la existencia, intercambiable por cualquier otro y completamente prescindible. Entonces, el sexo representa la conciencia de la especie y, como tal, la derrota de la individualidad, de la personalidad. No obstante, es justa mente esa personalidad la que el ser humano quiere desarrollar: la idea de que es un héroe cósmico con dones especiales para el universo. No quiere ser un mero animal fornicador como cualquier otro, esto no es el verdadero sentido de la vida humana, una verdadera contribución distintiva a la vida en el mundo.

Lo que hace que Dios resulte el objeto espiritual perfecto es justamente que es abstracto[, como observó Hegel. No es una individualidad concreta y, por ello, no limita nuestro desarrollo por sus propias necesidades y voluntad personal. Cuando buscarlos al objeto humano “perfecto”, estamos buscando a alguien que nos permita expresar completamente nuestra voluntad, sin frustración alguna, ni desentonar. Queremos un objeto que refleje una imagen verdaderamente ideal de nosotros mismos. Pero no hay ningún objeto humano que pueda hacerlo; los humanos tienen voluntades y contravoluntades propias, pueden ponerse en nuestra contra de miles de formas, sus apetitos nos ofenden. La grandeza y el poder de Dios es algo que nos puede nutrir, sin que se comprometa en manera alguna con los acontecimientos de este mundo. Ninguna pareja humana puede ofrecernos esta seguridad, porque la pareja es real. Por más que la idealicemos y la idolatremos, inevitablemente reflejará la imperfección y la decadencia terrenal. Puesto que es nuestra medida ideal del valor, esta imperfección recae sobre nosotros. Si tu pareja es tu “Todo”, entonces cualquier defecto suyo se convierte en una gran amenaza para ti.

El ser humano siempre ha de imaginar y creer en una “segunda” realidad, o en un mundo mejor que el que le ha dado la naturaleza […] Con la verdad, no podemos vivir. Para poder vivir necesitamos ilusiones, no sólo ilusiones externas, como el arte, la religión, la filosofía, la ciencia y el amor, sino ilusiones internas que en primer lugar condicionan las externas [es decir, una sensación de seguridad de los propios poderes activos y de ser capaces de contar con los poderes de los demás].

Vivir es jugar con el sentido de la vida.

En términos religiosos, “ver a Dios” es morir, porque la creatura es demasiado pequeña y finita para soportar los significados superiores de la creación. La religión toma nuestra propia creaturabilidad, nuestra insignificancia, y la convierte en una condición de esperanza. La trascendencia total de la condición humana significa posibilidad ilimitada, lo cual es inimaginable para nosotros.